Chapter 36 of 41

From: Crimen y castigo

V

Raskólnikov echó a andar tras él.

—¿Qué es esto? —exclamó Svidrigáilov, volviéndose—. Me parece que ya le dije…

—Esto significa que ahora no me apartaré de usted.

—¿Cóóómo?

Ambos se detuvieron y durante un minuto se miraron el uno al otro, como midiéndose.

—De todos sus relatos medio ebrios —cortó con brusquedad Raskólnikov— he sacado la conclusión terminante de que no solo no ha abandonado usted sus más viles designios sobre mi hermana, sino que ahora está más ocupado con ellos que nunca. Sé que esta mañana mi hermana recibió cierta carta. No ha parado usted quieto en todo el rato… Usted, pongamos, ha podido desenterrar por el camino a alguna esposa; pero eso no significa nada. Deseo cerciorarme personalmente…

Difícilmente el propio Raskólnikov habría podido precisar qué era exactamente lo que ahora quería y de qué exactamente deseaba cerciorarse personalmente.

—¡Vaya! ¿Y quiere que llame ahora mismo a la policía?

—¡Llámela!

De nuevo permanecieron un minuto uno frente al otro. Por fin el rostro de Svidrigáilov cambió. Al cerciorarse de que Raskólnikov no se había asustado de la amenaza, adoptó de pronto el aire más alegre y amistoso.

—¡Vaya con usted! A propósito no le he hablado de su asunto, aunque, por supuesto, me atormenta la curiosidad. Es un asunto fantástico. Lo había aplazado para otra ocasión, pero, la verdad, es usted capaz de exasperar hasta a un muerto… Bueno, vamos, solo que se lo advierto de antemano: ahora es solo un minuto a casa, para coger dinero; luego cierro el piso, tomo un coche y me voy toda la tarde a las Islas. Bueno, ¿adónde va a seguirme usted?

—Yo por ahora voy a la casa, pero no a la suya, sino a la de Sofia Semiónovna, a disculparme por no haber estado en el entierro.

—Como usted guste, pero Sofia Semiónovna no está en casa. Ha llevado a todos los niños a casa de cierta dama, una dama distinguida y anciana, antigua conocida mía de hace tiempo y administradora de no sé qué instituciones para huérfanos. Encanté a esa dama entregándole dinero por los tres polluelos de Katerina Ivánovna, y además doné aún más dinero para las instituciones; por último, le conté la historia de Sofia Semiónovna, incluso con todos sus honores, sin ocultar nada. El efecto fue indescriptible. Por eso a Sofia Semiónovna se le fijó presentarse hoy mismo, directamente en el hotel de la calle X, donde temporalmente, desde su finca, se aloja mi señora.

—No importa, aun así pasaré.

—Como quiera, solo que yo no le acompaño; ¡y a mí qué! Mire, ya estamos en casa. Dígame, estoy convencido de que usted me mira con recelo precisamente porque yo mismo he sido tan delicado y hasta ahora no le he molestado con preguntas… ¿comprende? A usted eso le pareció algo insólito; ¡apuesto a que fue así! Pues sea usted delicado después de esto.

—¡Y escuche detrás de las puertas!

—¡Ah, se refiere a eso! —se rió Svidrigáilov—. Sí, me habría sorprendido que, después de todo, dejara usted pasar eso sin comentario. ¡Ja, ja! Aunque algo comprendí de lo que usted entonces… allí… enredó y le contó usted mismo a Sofia Semiónovna, pero, sin embargo, ¿qué es todo eso? Quizá yo sea un hombre completamente rezagado y ya no pueda comprender nada. ¡Explíquemelo, por Dios, amigo mío! Ilumíneme con los principios más novísimos.

—¡Usted no pudo oír nada, miente en todo!

—Pero no es eso, no es eso (aunque, por lo demás, algo sí oí); no, se trata de que usted no hace más que gemir y gemir. El Schiller que hay en usted se turba a cada instante. Y ahora resulta que no se debe escuchar detrás de las puertas. Si es así, vaya y declare a las autoridades: pues verá, tal y cual, me ha ocurrido semejante percance: en la teoría salió un pequeño errorcillo. Pero si está usted convencido de que no se puede escuchar detrás de las puertas, mientras que a las viejecitas se las puede aporrear con lo que caiga a mano, a su propio gusto, ¡entonces váyase cuanto antes a algún lugar de América! ¡Huya, joven! Quizá aún haya tiempo. Se lo digo sinceramente. ¿Que no tiene dinero, acaso? Yo le daré para el camino.

—Yo no pienso en absoluto en eso —le interrumpió Raskólnikov con repugnancia.

—Comprendo (por lo demás, no se moleste: si quiere, no diga mucho); comprendo qué clase de cuestiones le rondan: ¿morales, tal vez? ¿Cuestiones del ciudadano y del hombre? Pues déjelas de lado; ¿para qué las quiere usted ahora? ¡Je, je! ¿Porque todavía es usted ciudadano y hombre? Y si es así, entonces no había que meterse; no hay que emprender lo que no es asunto de uno. Bueno, péguese un tiro; ¿qué, o es que no quiere?

—Parece que usted quiere exasperarme a propósito, para que me aparte de usted ahora mismo…

—¡Vaya con el hombre raro! Pero si ya hemos llegado, tenga la bondad de subir la escalera. Vea, aquí está la entrada de Sofia Semiónovna, ¡mire, no hay nadie! ¿No lo cree? Pregúntele a Kapernaúmov; ella les deja la llave. Ahí está la misma madame de Kapernaúmov, ¿eh? ¿Qué? (es un poco sorda) ¿que se fue? ¿Adónde? Bueno, ¿ha oído ahora? No está y no estará hasta bien entrada, quizá, la noche. Bueno, ahora vamos a mi casa. Al fin y al cabo, usted quería venir también a la mía, ¿no? Pues bien, ya estamos en mi casa. Madame Resslich no está en casa. Esa mujer siempre anda atareada, pero es una buena mujer, se lo aseguro… quizá le hubiera sido útil a usted, si fuera un poco más razonable. Bueno, tenga la bondad de ver: saco del secreter este bono al cinco por ciento (¡mire cuántos tengo todavía!), y este de hoy irá a parar al cambista. Bueno, ¿lo ha visto? Ya no tengo tiempo que perder. Se cierra el secreter, se cierra el piso, y de nuevo estamos en la escalera. Bueno, ¿quiere que tomemos un coche? Yo voy a las Islas. ¿No le apetece dar un paseo? Mire, tomo este coche para ir a Elaguin, ¿qué? ¿Se niega? ¿No ha resistido? Demos una vuelta, no importa. Parece que se acerca la lluvia, no importa, subiremos la capota…

Svidrigáilov ya estaba sentado en el coche. Raskólnikov consideró que sus sospechas, al menos en aquel instante, eran infundadas. Sin responder ni una palabra, se dio la vuelta y echó a andar de regreso en dirección a la Sennaia. Si al menos una vez se hubiera vuelto por el camino, habría alcanzado a ver cómo Svidrigáilov, tras alejarse no más de cien pasos, pagaba el coche y se encontraba él mismo en la acera. Pero ya no podía ver nada y había doblado la esquina. Una profunda repugnancia le arrastraba lejos de Svidrigáilov. «¡Y yo pude esperar aunque fuera un instante algo de ese grosero malhechor, de ese voluptuoso libertino y canalla!», exclamó sin querer. Cierto es que Raskólnikov había pronunciado su juicio con demasiada precipitación y ligereza. Había algo en toda la figura de Svidrigáilov que al menos le confería cierta originalidad, si no misterio. En cuanto a lo que en todo aquello concernía a su hermana, Raskólnikov seguía convencido con toda seguridad de que Svidrigáilov no la dejaría en paz. ¡Pero se volvía demasiado penoso e insoportable pensar y repensar en todo aquello!

Según su costumbre, al quedarse solo, a los veinte pasos cayó en una profunda meditación. Al subir al puente, se detuvo junto a la barandilla y se puso a mirar el agua. Y entretanto Avdotia Románovna estaba de pie sobre él.

La había encontrado a la entrada del puente, pero pasó de largo sin reparar en ella. Nunca hasta entonces lo había visto Dúnechka de aquel modo en la calle y quedó impresionada hasta el espanto. Se detuvo y no sabía: ¿llamarle o no? De pronto advirtió a Svidrigáilov, que se acercaba presuroso por el lado de la Sennaia.

Pero este, al parecer, se aproximaba con sigilo y cautela. No subió al puente, sino que se detuvo a un lado, en la acera, procurando por todos los medios que Raskólnikov no lo viera. A Dunia la había advertido ya hacía rato y empezó a hacerle señas. Le pareció que con sus señas le rogaba que no llamara a su hermano y lo dejara en paz, sino que la invitaba a acercarse a él.

Así lo hizo Dunia. Rodeó despacio a su hermano y se aproximó a Svidrigáilov.

—Vamos cuanto antes —le susurró Svidrigáilov—. No quiero que Rodión Románich sepa de nuestra cita. Le advierto que he estado sentado con él aquí cerca, en una taberna, donde él mismo me buscó, y a duras penas me libré de él. Sabe por algún motivo de mi carta a usted y sospecha algo. Desde luego, no fue usted quien se lo reveló, ¿verdad? Y si no fue usted, ¿entonces quién?

—Ya hemos doblado la esquina —le interrumpió Dunia—, ahora mi hermano no nos verá. Le declaro que no iré más lejos con usted. Dígamelo todo aquí; todo esto puede decirse también en la calle.

—En primer lugar, esto no puede decirse de ningún modo en la calle; en segundo lugar, usted debe escuchar también a Sofia Semiónovna; en tercer lugar, le mostraré ciertos documentos… Bueno, y por último, si no accede a entrar en mi casa, renuncio a toda explicación y me marcho ahora mismo. Y le rogaré que no olvide que un secreto sumamente curioso de su queridísimo hermano se halla por completo en mis manos.

Dunia se detuvo indecisa y con mirada penetrante contemplaba a Svidrigáilov.

—¿De qué tiene miedo? —observó este con calma—. La ciudad no es la aldea. Y en la aldea usted me hizo más daño a mí que yo a usted, mientras que aquí…

—¿Está prevenida Sofia Semiónovna?

—No, no le he dicho ni una palabra y ni siquiera estoy del todo seguro de si estará ahora en casa. Aunque, probablemente, esté en casa. Hoy ha enterrado a su parienta: no es un día para andar de visitas. Por el momento no quiero hablar de esto con nadie e incluso me arrepiento en parte de habérselo comunicado a usted. Aquí la menor imprudencia equivale ya a una delación. Yo vivo aquí, en esta casa, ya llegamos. Ese es el portero de nuestra casa; el portero me conoce muy bien; mire, saluda; ve que voy con una dama y, por supuesto, ha alcanzado a fijarse en su rostro, y eso le será útil a usted, si tiene mucho miedo y sospecha de mí. Perdone que hable tan crudamente. Yo mismo vivo de realquiler. Sofia Semiónovna vive junto a mí, pared con pared, también de realquiler. Toda la planta es de realquiler. ¿De qué tiene usted que temer, como una niña? ¿O acaso soy tan terrible?

El rostro de Svidrigáilov se torció en una sonrisa condescendiente; pero ya no estaba para sonrisas. El corazón le golpeaba y la respiración se le atascaba en el pecho. Hablaba a propósito más alto para ocultar su creciente agitación; pero Dunia no llegó a advertir aquella agitación particular; demasiado la había irritado la observación de que le tenía miedo como una niña y de que él era tan terrible para ella.

—Aunque sé que es usted un hombre… sin honor, no le temo en absoluto. Vaya usted delante —dijo ella, en apariencia tranquila, pero su rostro estaba muy pálido.

Svidrigáilov se detuvo ante la vivienda de Sonia.

—Permítame preguntar si está en casa. No está. ¡Mala suerte! Pero sé que puede volver muy pronto. Si ha salido, no ha sido más que a casa de cierta dama, por el asunto de sus huérfanos. Se les ha muerto la madre. Yo también me he metido en ello y lo he dispuesto. Si Sofia Semiónovna no vuelve dentro de diez minutos, se la enviaré a usted en persona, si quiere, hoy mismo; pues bien, aquí está mi número. Aquí están mis dos habitaciones. Detrás de la puerta se aloja mi patrona, la señora Resslich. Ahora mire aquí, le mostraré mis principales documentos: desde mi dormitorio, esta puerta conduce a dos habitaciones completamente vacías que se alquilan. Ahí están… a esto necesita usted mirar con un poco más de atención…

Svidrigáilov ocupaba dos habitaciones amuebladas, bastante espaciosas. Dúnechka miraba en torno con desconfianza, pero no advirtió nada particular ni en el mobiliario ni en la disposición de las habitaciones, aunque bien podría haberse advertido algo, por ejemplo, que el piso de Svidrigáilov quedaba de algún modo entre dos pisos casi deshabitados. La entrada a su vivienda no era directamente desde el pasillo, sino a través de dos habitaciones de la patrona, casi vacías. Y desde el dormitorio, Svidrigáilov, tras abrir una puerta cerrada con llave, mostró a Dúnechka otro piso también vacío que se alquilaba. Dúnechka se detuvo en el umbral, sin comprender para qué la invitaban a mirar, pero Svidrigáilov se apresuró a explicárselo:

—Vea, mire aquí, a esta segunda habitación grande. Fíjese en esta puerta, está cerrada con llave. Junto a la puerta hay una silla, una sola silla en ambas habitaciones. La traje de mi piso para poder escuchar con más comodidad. Ahí mismo, detrás de la puerta, está la mesa de Sofia Semiónovna; allí se sentaba ella y conversaba con Rodión Románich. Y yo escuchaba aquí, sentado en la silla, dos tardes seguidas, las dos veces unas dos horas, y, por supuesto, pude enterarme de algo, ¿no cree usted?

—¿Usted escuchaba?

—Sí, yo escuchaba; ahora vamos a mi cuarto; aquí no hay ni dónde sentarse.

Condujo a Avdotia Románovna de vuelta a su primera habitación, que le servía de sala, y la invitó a sentarse en una silla. Él mismo se sentó al otro extremo de la mesa, al menos a una braza de ella, pero probablemente en sus ojos brillaba ya aquella misma llama que en otro tiempo tanto había asustado a Dúnechka. Ella se estremeció y una vez más miró en torno con desconfianza. Su gesto fue involuntario; era evidente que no quería mostrar su desconfianza. Pero el aislamiento del piso de Svidrigáilov acabó por impresionarla. Quiso preguntar si al menos estaba en casa su patrona, pero no lo preguntó… por orgullo. Además, otro sufrimiento, incomparablemente mayor que el miedo por sí misma, había en su corazón. Se atormentaba de un modo insoportable.

—Aquí tiene su carta —comenzó ella, poniéndola sobre la mesa—. ¿Acaso es posible lo que usted escribe? Usted alude a un crimen cometido supuestamente por mi hermano. Alude con demasiada claridad, no se atreverá ahora a desdecirse. Sepa usted que ya antes que por usted había oído hablar de esa estúpida patraña y no creo en ella ni una sola palabra. Es una sospecha vil y ridícula. Conozco la historia y cómo y por qué se inventó. Usted no puede tener prueba alguna. Prometió demostrar: ¡hable, pues! Pero sepa de antemano que no le creo. ¡No le creo!…

Dúnechka pronunció esto a toda prisa, atropelladamente, y por un instante el rubor le subió al rostro.

—Si usted no creyera, ¿acaso habría sucedido que se arriesgara a venir sola a mi casa? ¿Para qué ha venido, entonces? ¿Por pura curiosidad?

—No me atormente, hable, ¡hable!

—Ni que decir tiene que es usted una muchacha valiente. Por Dios, creí que pediría al señor Razumijin que la acompañara aquí. Pero ni con usted ni en torno a usted estaba él, ya me fijé: eso es osado, quería usted, entonces, proteger a Rodión Románich. Por lo demás, en usted todo es divino… En cuanto a su hermano, ¿qué le diré? Usted misma acaba de verlo. ¿Qué le ha parecido?

—Pero no se basará usted solo en eso.

—No, no en eso, sino en sus propias palabras. Aquí mismo, dos tardes seguidas, vino a ver a Sofia Semiónovna. Le mostré dónde se sentaban. Le hizo su confesión completa. Es un asesino. Mató a la vieja funcionaria, la usurera, en cuya casa él mismo empeñaba objetos; mató también a su hermana, una revendedora llamada Lizaveta, que entró por casualidad durante el asesinato de la hermana. A ambas las mató con un hacha que llevaba consigo. Las mató para robar, y robó; se llevó dinero y algunos objetos… Todo esto se lo transmitió él mismo, palabra por palabra, a Sofia Semiónovna, que es la única que conoce el secreto, pero que no participó en el asesinato ni de palabra ni de obra, sino que, por el contrario, se horrorizó igual que usted ahora. Esté tranquila, ella no lo delatará.

—¡Esto no puede ser! —balbuceaba Dúnechka con los labios pálidos, exánimes; se ahogaba—, no puede ser, no hay ninguna, ni la menor causa, ningún motivo… ¡Es mentira! ¡Mentira!

—Robó, esa es toda la causa. Se llevó dinero y objetos. Es verdad que, según su propia confesión, no llegó a aprovecharse ni del dinero ni de los objetos, sino que los escondió en algún sitio, bajo una piedra, donde siguen aún ahora. Pero eso fue porque no se atrevió a aprovecharse.

—¿Pero acaso es verosímil que él pudiera robar, saquear? ¿Que siquiera pudiera concebir semejante cosa? —exclamó Dunia, y se levantó de un salto de la silla—. ¡Usted lo conoce, lo ha visto! ¿Es acaso capaz de ser un ladrón?

Era como si suplicara a Svidrigáilov; había olvidado todo su miedo.

—Aquí, Avdotia Románovna, hay miles y millones de combinaciones y clasificaciones. El ladrón roba, pero a cambio, en su fuero interno, sabe que es un canalla; en cambio yo he oído hablar de cierto hombre honorable que asaltó un correo; y quién sabe, tal vez creyera de veras que había hecho una obra decente. Por supuesto que yo mismo no lo habría creído, igual que usted, si me lo hubieran contado de segunda mano. Pero a mis propios oídos sí les di crédito. Él le explicaba a Sofia Semiónovna todas las causas; y ella tampoco al principio daba crédito a sus oídos, pero acabó por creer a sus ojos, a sus propios ojos. Pues él mismo se lo contó a ella en persona.

—Pero ¿qué… causas!

—Es cosa larga, Avdotia Románovna. Aquí hay, cómo se lo diría a usted, una especie de teoría, el mismo asunto por el cual yo encuentro, por ejemplo, que una fechoría aislada es admisible si el fin principal es bueno. ¡Un solo mal y cien buenas obras! También, desde luego, resulta humillante para un joven con méritos y con un amor propio desmesurado saber que, por ejemplo, con solo unos tres mil rublos toda su carrera, todo su futuro en el objetivo de su vida se configuraría de otro modo, y sin embargo esos tres mil no existen. Añada a esto la irritación del hambre, de la vivienda estrecha, de los harapos, de la nítida conciencia de la belleza de su posición social, y a la vez de la posición de la hermana y de la madre. Y por encima de todo la vanidad, el orgullo y la vanidad, aunque, bien sabe Dios, tal vez todo ello unido a buenas inclinaciones… No lo culpo, no crea usted, por favor; ni es asunto mío. Aquí había también cierta teoriílla propia —una teoría así, sin más—, según la cual la gente se divide, verá usted, en material y en hombres extraordinarios, es decir, en aquellos hombres para quienes, por su elevada posición, la ley no está escrita, sino que, al contrario, ellos mismos dictan las leyes para el resto de los hombres, para el material, para la basura. Nada, una teoriílla del montón; une théorie comme une autre. Napoleón lo cautivó terriblemente; es decir, en rigor, lo que lo cautivó fue que muchísimos hombres geniales no repararon en el mal aislado, sino que pasaron por encima de él sin vacilar. Al parecer, se imaginó que también él era un hombre genial; es decir, durante cierto tiempo estuvo convencido de ello. Sufrió mucho y aún sufre ante la idea de que teoría sí supo componerla, pero franquear el paso, sin vacilar, eso ya no está a su alcance; luego no es un hombre genial. Y esto, para un joven con amor propio, resulta humillante, sobre todo en nuestro siglo…

—¿Y el remordimiento de conciencia? ¿Le niega usted, pues, todo sentimiento moral? ¿Acaso es él así?

—Ah, Avdotia Románovna, ahora todo se ha enturbiado; aunque, en realidad, nunca estuvo en un orden particular. Los rusos, en general, son gentes de anchura, Avdotia Románovna, anchas como su tierra, y extraordinariamente inclinadas a lo fantástico, a lo desordenado; pero es una desgracia ser ancho sin una genialidad particular. Y recuerde usted cuánto hablamos los dos justamente en este mismo sentido y sobre este mismo tema, sentados por las tardes en la terraza del jardín, cada vez después de la cena. Precisamente usted me reprochaba esa anchura. Quién sabe, tal vez en aquel mismo momento hablábamos de esto mientras él estaba aquí tendido, madurando su plan. En nuestra sociedad culta, verá usted, no hay tradiciones especialmente sagradas, Avdotia Románovna: como no sea que uno se las forje de algún modo a partir de los libros… o que deduzca algo de las crónicas. Pero eso lo hacen más bien los eruditos y, ya sabe, en su género todos unos papanatas, hasta el punto de que resulta impropio de un hombre de mundo. Por lo demás, ya conoce usted mis opiniones en general; yo no acuso decididamente a nadie. Yo mismo soy un ocioso de manos blancas, y a eso me atengo. Ya hemos hablado de esto más de una vez. Incluso tuve la dicha de interesarla a usted con mis juicios… ¡Está usted muy pálida, Avdotia Románovna!

—Conozco esa teoría suya. Leí su artículo en una revista, sobre los hombres a quienes todo les está permitido… Me lo trajo Razumijin…

—¿El señor Razumijin? ¿Un artículo de su hermano? ¿En una revista? ¿Existe tal artículo? No lo sabía. ¡Debe de ser curioso, sin duda! Pero ¿adónde va usted, Avdotia Románovna?

—Quiero ver a Sofia Semiónovna —dijo Dúnechka con voz débil—. ¿Por dónde se va hasta ella? Quizá haya vuelto ya; quiero verla sin falta, ahora mismo. Que ella…

Avdotia Románovna no pudo terminar; la respiración se le cortó literalmente.

—Sofia Semiónovna no volverá hasta la noche. Eso supongo. Debía volver muy pronto, y si no, ya muy tarde…

—¡Ah, conque mientes! Ya lo veo… mentías… ¡todo lo mentías!… ¡No te creo! ¡No te creo! ¡No te creo! —gritaba Dúnechka en verdadero arrebato, perdiendo por completo la cabeza.

Casi desvanecida, cayó en la silla que Svidrigáilov se apresuró a acercarle.

—¡Avdotia Románovna, qué le pasa, vuelva en sí! Aquí tiene agua. Beba un sorbo…

Le roció el rostro con agua. Dúnechka se estremeció y volvió en sí.

—¡Ha hecho un fuerte efecto! —murmuró para sí Svidrigáilov, frunciendo el ceño—. ¡Avdotia Románovna, cálmese! Sepa que él tiene amigos. Lo salvaremos, lo sacaremos del apuro. ¿Quiere que me lo lleve al extranjero? Tengo dinero; en tres días consigo el billete. Y en cuanto a que ha matado, aún hará muchas buenas obras, de modo que todo esto quedará borrado; cálmese. Todavía puede llegar a ser un gran hombre. Vamos, ¿qué le pasa? ¿Cómo se siente?

—¡Hombre malvado! Y encima se burla. ¡Déjeme salir…

—¿Adónde va usted? Pero ¿adónde va?

—A verlo. ¿Dónde está? ¿Usted lo sabe? ¿Por qué está cerrada esa puerta? Entramos por esa puerta y ahora está cerrada con llave. ¿Cuándo le dio tiempo a cerrarla con llave?

—No podía ponerme a gritar por todas las habitaciones lo que aquí hablábamos. No me burlo en absoluto; solo que me he cansado de hablar en este tono. Vamos, ¿adónde va usted así? ¿O es que quiere delatarlo? Lo llevará usted a la locura, y él mismo se delatará. Sepa que ya lo vigilan, ya han dado con su rastro. Usted no haría más que descubrirlo. Espere: yo lo he visto y he hablado con él hace un rato; todavía se le puede salvar. Espere, siéntese, pensémoslo juntos. Para eso la he llamado precisamente, para hablar de esto a solas y meditarlo bien. ¡Siéntese de una vez!

—¿De qué modo puede usted salvarlo? ¿Es que acaso se le puede salvar?

Dunia se sentó. Svidrigáilov se sentó a su lado.

—Todo depende de usted, de usted, de usted sola —empezó con ojos centelleantes, casi en un susurro, atropellándose y hasta sin articular algunas palabras por la emoción.

Dunia, asustada, se apartó de él aún más. También él temblaba de pies a cabeza.

—Usted… una sola palabra suya, ¡y está salvado! Yo… yo lo salvaré. Tengo dinero y amigos. Lo mandaré de inmediato, y yo mismo sacaré un pasaporte, dos pasaportes. Uno el suyo, otro el mío. Tengo amigos; tengo hombres de negocios… ¿Quiere? Sacaré también un pasaporte para usted… para su madre… ¿para qué necesita a Razumijin? Yo la amo a usted igualmente… La amo infinitamente. ¡Déjeme besar el borde de su vestido, déjeme! ¡Déjeme! No puedo soportar oír cómo susurra. Dígame: haz esto, ¡y lo haré! Lo haré todo. Haré lo imposible. Aquello en lo que usted crea, creeré yo también. ¡Lo haré todo, todo! ¡No me mire, no me mire así! ¿No sabe usted que me está matando…

Empezaba incluso a delirar. Algo le sucedió de pronto, como si se le hubiera subido de golpe a la cabeza. Dunia se levantó de un salto y corrió hacia la puerta.

—¡Abran! ¡Abran! —gritaba a través de la puerta, llamando a alguien y sacudiéndola con las manos—. ¡Abran de una vez! ¿Es posible que no haya nadie?

Svidrigáilov se levantó y recobró la lucidez. Una sonrisa rencorosa y burlona fue asomando lentamente a sus labios, que aún temblaban.

—No hay nadie en casa —dijo en voz baja y pausada—; la patrona ha salido, y es esfuerzo inútil gritar así: solo se agita usted en vano.

—¿Dónde está la llave? ¡Abre ahora mismo la puerta, ahora mismo, hombre vil!

—He perdido la llave y no logro encontrarla.

—¡Ah! ¡Conque es la fuerza! —exclamó Dunia, palideció como la muerte y corrió a un rincón, donde se parapetó a toda prisa tras una mesita que tenía a mano. No gritaba; pero clavaba la mirada en su verdugo y seguía con ojos avizores cada uno de sus movimientos. Svidrigáilov tampoco se movía del sitio y permanecía frente a ella, en el otro extremo de la habitación. Incluso se había dominado, al menos por fuera. Pero su rostro seguía pálido como antes. La sonrisa burlona no lo abandonaba.

—Ha dicho usted ahora mismo «la fuerza», Avdotia Románovna. Si de fuerza se trata, ya puede usted juzgar por sí misma que he tomado mis medidas. Sofia Semiónovna no está en casa; hasta los Kapernáumov hay mucho trecho, cinco habitaciones cerradas. Por último, yo soy por lo menos dos veces más fuerte que usted, y, además, nada tengo que temer, porque tampoco después podría usted quejarse: ¿o es que va a querer de veras delatar a su hermano? Y nadie la creería: ¿a santo de qué iba una muchacha sola a la vivienda de un hombre que vive solo? De manera que, aunque sacrifique usted a su hermano, tampoco así probaría nada: la fuerza es muy difícil de probar, Avdotia Románovna.

—¡Miserable! —susurró Dunia con indignación.

—Como quiera, pero fíjese: he hablado todavía solo a título de suposición. En cuanto a mi convicción personal, tiene usted toda la razón: la fuerza es una vileza. Solo he hablado a fin de que en su conciencia no quede absolutamente nada, aun en el caso de que… aun en el caso de que quisiera usted salvar a su hermano voluntariamente, tal como yo le propongo. Sencillamente, se habría sometido a las circunstancias, a la fuerza, en fin, ya que sin esa palabra no hay modo de expresarlo. Piénselo; la suerte de su hermano y de su madre está en sus manos. Y yo seré su esclavo… toda la vida… aquí me quedo esperando…

Svidrigáilov se sentó en el diván, a unos ocho pasos de Dunia. Para ella ya no cabía la menor duda de su inquebrantable resolución. Además, ella lo conocía…

De pronto sacó del bolsillo un revólver, amartilló el gatillo y dejó caer sobre la mesita la mano que lo empuñaba. Svidrigáilov se levantó de un salto.

—¡Ajá! ¡Conque es así! —exclamó, asombrado, pero sonriendo con rencor—. ¡Bueno, esto cambia por completo el curso de las cosas! ¡Usted misma me facilita extraordinariamente el asunto, Avdotia Románovna! Pero ¿de dónde ha sacado el revólver? ¿No será del señor Razumijin? ¡Bah! ¡Pero si es mi revólver! ¡Un viejo conocido! ¡Y yo que lo busqué tanto entonces!… Nuestras lecciones de tiro en la aldea, que tuve el honor de darle a usted, no han sido en vano, después de todo.

—¡No es tu revólver, sino de Marfa Petrovna, a quien mataste, malvado! Nada tenías de tuyo en su casa. Lo cogí cuando empecé a sospechar de lo que eres capaz. ¡Atrévete a dar un solo paso, y juro que te mato!

Dunia estaba fuera de sí. Tenía el revólver a punto.

—Bien, ¿y el hermano? Lo pregunto por curiosidad —dijo Svidrigáilov, siempre inmóvil en su sitio.

—¡Delata, si quieres! ¡Ni un paso! ¡No te muevas! ¡Disparo! Envenenaste a tu mujer, lo sé, ¡tú mismo eres un asesino!…

—¿Y está usted firmemente convencida de que yo envenené a Marfa Petrovna?

—¡Tú! Tú mismo me lo insinuaste; me hablaste del veneno… sé que fuiste a buscarlo… lo tenías preparado… No cabe duda de que fuiste tú… ¡miserable!

—Aun cuando eso fuera verdad, habría sido por ti misma… de todos modos, tú serías la causa.

—¡Mientes! Yo te odié siempre, siempre…

—¡Ajá, Avdotia Románovna! Por lo visto se olvida usted de cómo, en el ardor de la propaganda, ya se ablandaba y se derretía… Lo veía en sus ojitos; ¿se acuerda, aquella tarde, a la luz de la luna, cuando además silbaba el ruiseñor?

—¡Mientes! (la furia relampagueó en los ojos de Dunia) ¡mientes, calumniador!

—¿Miento? Bueno, pase, miento. He mentido. A las mujeres no conviene recordarles estas cositas. (Sonrió). Sé que dispararás, fierecilla preciosa. ¡Pues dispara!

Dunia levantó el revólver y, pálida como la muerte, con el labio inferior blanco y tembloroso, con sus grandes ojos negros centelleando como fuego, lo miraba, decidida, midiéndolo y aguardando el primer movimiento de su parte. Nunca antes la había visto tan hermosa. El fuego que brotó de sus ojos en el instante en que levantaba el revólver pareció abrasarlo, y el corazón se le encogió de dolor. Dio un paso, y sonó el disparo. La bala le rozó los cabellos y fue a chocar contra la pared, detrás de él. Se detuvo y rió quedamente:

—¡Me ha picado una avispa! Apunta derecho a la cabeza… ¿Qué es esto? ¡Sangre! —Sacó el pañuelo para enjugar la sangre, que le corría en un hilillo por la sien derecha; probablemente la bala le había rozado apenas la piel del cráneo. Dunia bajó el revólver y miraba a Svidrigáilov, no tanto con miedo cuanto con una especie de salvaje perplejidad. Era como si ella misma no comprendiera ya qué había hecho ni qué estaba sucediendo.

—Bueno, ¡has fallado! Dispare otra vez, la espero —dijo Svidrigáilov en voz baja, sonriendo aún, pero de un modo sombrío—; de este modo me dará tiempo a agarrarla antes de que amartille el gatillo.

Dúnechka se estremeció, amartilló con rapidez el gatillo y volvió a levantar el revólver.

—¡Déjeme! —dijo con desesperación—, ¡juro que dispararé otra vez… Voy… a matar!…

—Bueno, pues… a tres pasos no hay modo de no matar. Y si no mata… entonces… —Sus ojos centellearon, y avanzó dos pasos más.

Dúnechka disparó: ¡falló el tiro!

—No lo ha cargado con cuidado. ¡No importa! Le queda todavía otra cápsula. Arréglelo, esperaré.

Estaba de pie ante ella, a dos pasos, aguardando y mirándola con una salvaje resolución, con una mirada inflamada de pasión, pesada. Dunia comprendió que él antes moriría que dejarla marchar. «Y… y ahora, claro está, ¡lo matará, a dos pasos!…»

De pronto arrojó el revólver.

—¡Lo ha tirado! —dijo Svidrigáilov con asombro, y respiró hondo. Algo pareció desprenderse de golpe de su corazón, y quizá no solo el peso del miedo a la muerte; aunque es dudoso que lo sintiera en aquel instante. Fue la liberación de otro sentimiento más doloroso y sombrío, que él mismo no habría podido definir en toda su fuerza.

Se acercó a Dunia y le ciñó suavemente el talle con el brazo. Ella no ofreció resistencia, pero, temblando toda como una hoja, lo miraba con ojos suplicantes. Quiso él decir algo, pero solo se le torcían los labios sin lograr articular nada.

—¡Suéltame! —dijo Dunia, suplicante.

Svidrigáilov se estremeció: ese «me» estaba pronunciado de un modo distinto que el de antes.

—¿Así que no me amas? —preguntó en voz baja.

Dunia negó con la cabeza.

—Y… ¿no puedes?… ¿Nunca? —susurró él, desesperado.

—¡Nunca! —susurró Dunia.

Transcurrió un instante de terrible y muda lucha en el alma de Svidrigáilov. La miraba con una expresión indescriptible. De pronto retiró la mano, se dio la vuelta, se apartó con rapidez hacia la ventana y se plantó delante de ella.

Transcurrió otro instante.

—¡Aquí está la llave! (La sacó del bolsillo izquierdo del abrigo y la dejó a su espalda, sobre la mesa, sin mirar ni volverse hacia Dunia). ¡Tómela; váyase pronto!…

Miraba obstinadamente por la ventana.

Dunia se acercó a la mesa para coger la llave.

—¡Pronto! ¡Pronto! —repitió Svidrigáilov, sin moverse todavía ni volverse. Pero en aquel «pronto» resonó, sin duda, una nota espantosa.

Dunia la comprendió, agarró la llave, se abalanzó hacia la puerta, la abrió con presteza y salió disparada de la habitación. Un minuto después, como una loca, sin saber de sí, corría ya junto al canal en dirección al puente de ***.

Svidrigáilov permaneció aún unos tres minutos junto a la ventana; al fin se volvió despacio, echó una mirada en derredor y se pasó suavemente la palma por la frente. Una extraña sonrisa torció su rostro, una sonrisa lastimera, triste, débil, una sonrisa de desesperación. La sangre, ya casi seca, le había manchado la palma; miró la sangre con rencor; luego humedeció una toalla y se lavó la sien. El revólver, que Dunia había arrojado y que había ido a parar cerca de la puerta, se le apareció de pronto ante los ojos. Lo recogió y lo examinó. Era un pequeño revólver de bolsillo, de tres tiros, de antigua factura; le quedaban aún dos cargas y un fulminante. Podía dispararse una vez más. Reflexionó, se guardó el revólver en el bolsillo, cogió el sombrero y salió.

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