来自:Crimen y castigo
I
«¿Será esto una continuación del sueño?» —pensó una vez más Raskólnikov. Con cautela y desconfianza escrutaba al inesperado visitante.
—¿Svidrigáilov? ¡Qué absurdo! No puede ser —dijo finalmente en voz alta, perplejo.
El visitante no pareció en absoluto sorprendido por esta exclamación.
—Le he venido a ver por dos razones: en primer lugar, he deseado conocerle personalmente, pues hace tiempo que he oído hablar de usted desde un punto de vista muy curioso y ventajoso para usted; y en segundo lugar, abrigo la esperanza de que tal vez no se niegue a ayudarme en cierta empresa que concierne directamente a los intereses de su hermana, Avdotia Románovna. A mí solo, sin recomendación, quizá ni siquiera me deje entrar ahora en su casa, a causa de sus prejuicios, pero con su ayuda, por el contrario, cuento...
—Cuenta mal —interrumpió Raskólnikov.
—¿Me permite preguntarle si ellas llegaron ayer solamente?
Raskólnikov no respondió.
—Ayer, lo sé. Pues yo mismo llegué anteayer. Bien, le diré lo siguiente sobre este asunto, Rodión Románovich: considero superfluo justificarme, pero permítame declarar: ¿qué hay en todo esto, en realidad, de especialmente criminal por mi parte, es decir, si se juzga sin prejuicios y con sensatez?
Raskólnikov continuó observándolo en silencio.
—El hecho de que en mi propia casa perseguí a una joven indefensa y la «ofendí con mis viles proposiciones», ¿no es así? (Me adelanto a sus palabras). Pero suponga usted solamente que también yo soy un hombre, et nihil humanum... en una palabra, que también yo soy capaz de sentir atracción y de enamorarme (lo que, desde luego, no sucede por nuestra voluntad), entonces todo se explica de la manera más natural. Toda la cuestión es: ¿soy yo un monstruo o soy yo mismo la víctima? Pues, ¿y si soy la víctima? Al proponerle a mi objeto que huyera conmigo a América o a Suiza, quizá albergaba los sentimientos más respetuosos, e incluso pensaba en organizar la felicidad mutua... La razón, ya sabe, sirve a la pasión; yo, tal vez, me estaba arruinando aún más, ¡por Dios!...
—Pero no se trata de eso en absoluto —interrumpió Raskólnikov con repugnancia—. Simplemente usted es repulsivo, tenga razón o no la tenga, bueno, pues por eso no quieren tener nada que ver con usted y lo echan, ¡así que váyase!...
Svidrigáilov soltó de pronto una carcajada.
—Sin embargo usted... sin embargo no hay quien lo desconcierte —dijo riendo con suma franqueza—. Yo pensaba usar alguna astucia, pero no, usted ha dado justo en el punto...
—Pero si en este mismo momento sigue usando astucias.
—¿Y qué? ¿Y qué? —repitió Svidrigáilov riendo abiertamente—. Pues esto es bonne guerre, como se dice, y la astucia más permisible... Pero de todos modos usted me interrumpió; así o de otra manera, confirmo de nuevo: no habría habido ninguna desagradabilidad de no ser por el incidente en el jardín. Marfa Petróvna...
—También a Marfa Petróvna, según dicen, la despachó usted —interrumpió bruscamente Raskólnikov.
—¿Así que también ha oído eso? Pues cómo no oírlo... En cuanto a esa pregunta suya, realmente no sé qué decirle, aunque mi conciencia está en extremo tranquila al respecto. Es decir, no vaya a pensar que temo algo por el estilo: todo se realizó en perfecto orden y con total exactitud: la investigación médica reveló una apoplejía producida por un baño tomado inmediatamente después de una comida abundante, con casi una botella de vino bebida, y nada más pudo revelar... No, señor, yo he pensado lo siguiente para mis adentros, especialmente durante el viaje, sentado en el vagón: ¿no habré contribuido de algún modo a toda esta... desgracia, irritándola moralmente o algo por el estilo? Pero concluí que tampoco esto podía haber sucedido en absoluto.
Raskólnikov se echó a reír.
—¡Qué ganas de preocuparse tanto!
—¿De qué se ríe? Piénselo: apenas le di dos veces con el látigo, ni siquiera dejó marcas... No me considere, por favor, un cínico; sé perfectamente lo repugnante que fue por mi parte, y todo lo demás; pero también sé con certeza que a Marfa Petróvna, quizá, incluso le agradó ese, digamos, arrebato mío. La historia relacionada con su hermana se había agotado hasta la última letra. Marfa Petróvna ya llevaba tres días obligada a quedarse en casa; no tenía con qué mostrarse en el pueblecito, y además ya había cansado a todos allí con esa carta suya (¿oyó hablar de la lectura de la carta?). Y de pronto esos dos latigazos como caídos del cielo. Lo primero que hizo fue ordenar que engancharan el coche... Ya no hablo de que hay casos en que las mujeres encuentran muy, pero muy grato ser ofendidas, a pesar de toda la indignación visible. Todos tienen esos casos; el ser humano en general gusta mucho, muchísimo de ser ofendido, ¿lo ha notado? Pero en las mujeres esto es especial. Incluso puede decirse que solo de eso se alimentan.
Durante un tiempo Raskólnikov pensó en levantarse e irse y así terminar la entrevista. Pero cierta curiosidad e incluso como un cálculo lo retuvieron por un momento.
—¿Le gusta pegar? —preguntó distraídamente.
—No, no mucho —respondió tranquilamente Svidrigáilov—. Con Marfa Petróvna casi nunca nos peleamos. Vivíamos muy acordes, y ella siempre quedaba satisfecha conmigo. Solo usé el látigo, en todos nuestros siete años, únicamente dos veces (si no se cuenta un tercer caso, bastante ambiguo, por cierto): la primera vez, dos meses después de nuestra boda, nada más llegar al campo, y ahora este último caso. ¿Y usted ya pensaba que yo era tal monstruo, un retrógrado, un esclavista? Je-je... A propósito, ¿no recuerda usted cómo hace varios años, todavía en tiempos de la beneficiosa transparencia, avergonzaron públicamente y en toda la literatura a cierto noble —olvidé el apellido— que azotó a una alemana en un vagón, ¿recuerda? Entonces, ese mismo año, creo, sucedió también el «Acto Vergonzoso del Siglo» (bueno, «Las Noches Egipcias», la lectura pública, ¿recuerda? ¡Los ojos negros! ¡Oh, dónde estás, tiempo dorado de nuestra juventud!). Pues bien, mi opinión es esta: no simpatizo profundamente con el señor que azotó a la alemana, porque en realidad eso es... ¿qué hay que simpatizar? Pero al mismo tiempo no puedo dejar de declarar que a veces se encuentran «alemanas» tan provocadoras que, me parece, no hay un solo progresista que pueda responder completamente de sí mismo. Nadie miró entonces el asunto desde este punto de vista, y sin embargo este punto de vista es el verdaderamente humanitario, en serio.
Tras decir esto, Svidrigáilov soltó de nuevo una carcajada. A Raskólnikov le resultaba evidente que este era un hombre que había tomado una decisión firme y tenía sus propios planes.
—Usted debe de llevar varios días seguidos sin hablar con nadie —preguntó.
—Casi es así. ¿Qué pasa, se asombra de que sea una persona tan sociable?
—No, me asombra que sea usted una persona demasiado sociable.
—¿Porque no me ofendo por la grosería de sus preguntas? ¿Es eso? Pues... ¿por qué ofenderse? Como me preguntaba, así le contestaba —añadió con una expresión sorprendentemente ingenua—. Es que yo casi no me intereso especialmente por nada, palabra de honor —continuó como pensativo—. Especialmente ahora, no me ocupo de nada... Sin embargo, le está permitido pensar que intento congraciarse por algún propósito, sobre todo porque tengo asuntos con su hermana, lo declaré yo mismo. Pero le diré con franqueza: estoy muy aburrido. Especialmente estos tres días, así que hasta me alegré de verlo... No se enfade, Rodión Románovich, pero usted mismo me parece terriblemente extraño, por alguna razón. Diga lo que diga, pero hay algo en usted; y precisamente ahora, es decir, no propiamente en este momento, sino en general ahora... Bueno, bueno, no seguiré, no seguiré, ¡no frunza el ceño! No soy tan oso como usted piensa.
Raskólnikov lo miró sombrío.
—Quizá ni siquiera sea usted un oso —dijo—. Me parece incluso que es de muy buena sociedad o que, al menos, sabe en ocasión comportarse como una persona decente.
—Pues no me intereso especialmente por la opinión de nadie —respondió Svidrigáilov con sequedad y hasta con cierto matiz de altivez—, así que, ¿por qué no hacerse pasar por un vulgar cuando ese traje es tan cómodo de llevar en nuestro clima y... y especialmente si se tiene una inclinación natural para ello? —añadió, echándose a reír de nuevo.
—Sin embargo he oído que tiene usted aquí muchos conocidos. Usted es, como se dice, «no sin conexiones». ¿Para qué me necesita entonces, si no es para algún propósito?
—Eso es verdad, tengo conocidos —recogió Svidrigáilov, sin responder al punto principal—, ya me he encontrado con algunos; llevo tres días vagando por ahí, y yo los reconozco y ellos, parece, me reconocen. Por supuesto, visto decentemente y me consideran persona no pobre; la reforma campesina tampoco nos perjudicó: bosques y prados de regadío, los ingresos no disminuyen; pero... no iré allí; ya antes me hastió: llevo tres días yendo y no me presento ante nadie... ¡Y además esta ciudad! Es decir, ¿cómo se ha formado, dígame por favor? Una ciudad de burócratas y de seminaristas de toda clase. Es verdad, antes no me fijaba en muchas cosas aquí, hace ocho años, cuando andaba holgazaneando por aquí... Ahora solo confío en la anatomía, palabra de honor.
—¿En qué anatomía?
—Y en cuanto a esos clubes, los Dussaut, esos puntos suyos o, en fin, también el progreso —bueno, eso puede seguir sin nosotros —continuó, sin notar de nuevo la pregunta—. Además, ¿qué ganas de ser tahúr?
—¿Y usted fue tahúr?
—¿Cómo no serlo? Éramos toda una compañía, la más respetable, hace ocho años; pasábamos el tiempo; y todos, ¿sabe?, gente con modales, había poetas, había capitalistas. Y en general, en la sociedad rusa, los mejores modales los tienen los que han recibido palizas, ¿lo ha notado? Es que yo ahora me he degradado en el campo. Pero de todos modos casi me metieron en la cárcel entonces por deudas, un griego de Nézhyn. Entonces apareció Marfa Petróvna, regateó y me rescató por treinta mil rublos de plata. (En total debía setenta mil). Nos casamos legalmente, y me llevó enseguida a su campo, como a un tesoro. Ella era cinco años mayor que yo. Me amaba mucho. Siete años no salí del campo. Y note que durante toda la vida mantuvo contra mí un documento, a nombre ajeno, por esos treinta mil, de modo que si se me ocurría rebelarme en algo, ¡enseguida caería en la trampa! Y lo habría hecho. En las mujeres todo esto convive perfectamente.
—¿Y de no ser por el documento, habría escapado?
—No sé qué decirle. El documento casi no me oprimía. No quería ir a ninguna parte, y al extranjero la propia Marfa Petróvna me invitó un par de veces, viendo que me aburría. Pero ¿para qué? Ya antes había estado en el extranjero, y siempre me sentía mal. No es que exactamente, pero mire, el alba rompe, la bahía de Nápoles, el mar, lo contempla uno, y de algún modo se entristece. Lo más repugnante es que realmente uno se entristece por algo. No, en la patria es mejor: aquí, al menos, uno culpa a los demás de todo y se justifica a sí mismo. Ahora quizá me iría a una expedición al Polo Norte, porque j'ai le vin mauvais, y beber me repugna, pero aparte del vino no queda nada más. Lo probé. Ah, por cierto, dicen que Berg volará el domingo en el jardín Yúsupov en un globo enorme, invita a acompañantes por cierta tarifa, ¿es verdad?
—¿Y qué, volaría usted?
—¿Yo? No... así... —murmuró Svidrigáilov, como pensativo de verdad.
«¿Qué le pasa, habla en serio?», pensó Raskólnikov.
—No, el documento no me oprimía —continuó Svidrigáilov pensativo—, yo mismo no salía del campo. Y ya hace un año que Marfa Petróvna me devolvió ese documento por mi cumpleaños, e incluso me regaló además una suma considerable. Ella tenía capital. «Vea cómo confío en usted, Arkadi Ivánovich», realmente así se expresó. ¿No cree que se expresó así? Y sepa que yo me convertí en un administrador decente en el campo; me conocen en el distrito. También encargaba libros. Marfa Petróvna al principio lo aprobaba, pero luego siempre temía que me convirtiera en erudito.
—¿Echa mucho de menos a Marfa Petróvna, según parece?
—¿Yo? Quizá. Tal vez sí. A propósito, ¿cree usted en los fantasmas?
—¿En qué fantasmas?
—En los fantasmas comunes, ¿en cuáles?
—¿Y usted cree?
—Bueno, tal vez sí y no, pour vous plaire... Es decir, no es que no...
—¿Se le aparecen o qué?
Svidrigáilov lo miró de forma extraña.
—Marfa Petróvna se digna visitarme —dijo torciendo la boca en una sonrisa extraña.
—¿Cómo que se digna visitarlo?
—Pues ya ha venido tres veces. La vi por primera vez el mismo día del funeral, una hora después del cementerio. Fue la víspera de mi partida hacia aquí. La segunda vez fue anteayer, de camino, al amanecer, en la estación de Málaya Vísherá; y la tercera vez, hace dos horas, en el cuarto donde me alojo; estaba solo.
—¿Despierto?
—Completamente. Las tres veces despierto. Viene, habla un minuto y se va por la puerta; siempre por la puerta. Hasta parece oírse.
—¿Por qué pensaba yo que le sucedería necesariamente algo así! —dijo de pronto Raskólnikov y en el mismo momento se sorprendió de haberlo dicho. Estaba muy agitado.
—¿De veras? ¿Pensó eso? —preguntó Svidrigáilov con asombro—. ¿En serio? Bueno, ¿no le dije que había entre nosotros algún punto en común, eh?
—¡Jamás dijo usted eso! —respondió Raskólnikov bruscamente y con vehemencia.
—¿No lo dije?
—¡No!
—Me pareció que lo había dicho. Hace un rato, cuando entré y vi que estaba usted acostado con los ojos cerrados, haciéndose el dormido, enseguida me dije: «Este es el mismo».
—¿Qué es eso de el mismo? ¿De qué habla? —exclamó Raskólnikov.
—¿De qué? Pues realmente no sé de qué... —murmuró Svidrigáilov sinceramente y como confundido él mismo.
Guardaron silencio un minuto. Ambos se miraban fijamente a los ojos.
—¡Todo eso es absurdo! —exclamó Raskólnikov con fastidio—. ¿Qué le dice ella cuando viene?
—¿Ella? Imagínese, de las tonterías más insignificantes, y asómbrense del ser humano: esto es lo que me irrita. La primera vez entró (yo, ¿sabe?, estaba cansado: el servicio funerario, el responso, la comida funeraria, la colación; finalmente me quedé solo en el despacho, encendí un cigarro, me puse a pensar), entró por la puerta: «Y usted, dice, Arkadi Ivánovich, hoy con todos los quehaceres se olvidó de dar cuerda al reloj del comedor». Y ese reloj, efectivamente, todos los años, cada semana, yo mismo le daba cuerda, y si se me olvidaba, siempre me lo recordaba. Al día siguiente ya venía hacia aquí. Entré al amanecer en la estación, después de dormitar toda la noche, quebrantado, con los ojos soñolientos; tomé café; miro y de pronto Marfa Petróvna se sienta a mi lado con una baraja de cartas en las manos: «¿No le echo las cartas, Arkadi Ivánovich, para el viaje?» Era maestra en echar las cartas. Pues no me perdono no haberle dejado echarlas. Salí corriendo, asustado, pero además, a decir verdad, sonó la campanilla. Hoy estoy sentado después de una pésima comida de fondín, con el estómago pesado; estoy sentado, fumando; de pronto otra vez Marfa Petróvna, entra toda arreglada, con un vestido de seda verde nuevo, con una cola larguísima: «Buenos días, Arkadi Ivánovich. ¿Qué le parece mi vestido? Aniska no cose así». (Aniska es una modista de nuestro campo, de las antiguas siervas, estuvo de aprendiza en Moscú, una muchacha bonita). Se para, da vueltas delante de mí. Examiné el vestido, luego la miré atentamente a la cara: «Qué ganas tiene usted, digo, Marfa Petróvna, de venir a mí por semejantes tonterías, de molestarse». —«¡Ay Dios mío, querido, ya ni molestarte se puede!» Para provocarla le digo: «Yo, Marfa Petróvna, quiero casarme». —«Eso es propio de usted, Arkadi Ivánovich; poco honor le hace que apenas haya enterrado a su esposa ya se vaya a casar. Y aunque eligiera bien, pero es que yo sé que —ni para ella ni para usted, solo hará reír a la buena gente». Tomó y se fue, y la cola como que hace ruido. ¡Qué absurdo, verdad!
—Pero quizá esté usted mintiendo todo el tiempo —respondió Raskólnikov.
—Rara vez miento —contestó Svidrigáilov pensativo y como sin notar siquiera la grosería de la pregunta.
—¿Y antes, antes de esto, nunca había visto fantasmas?
—N... no, los vi, solo una vez en la vida, hace seis años. Tenía un criado, Filip; acabábamos de enterrarlo, grité olvidándome: «¡Filip, la pipa!» Entró y fue directo al armario donde tengo las pipas. Yo estaba sentado, pensando: «Esto es que se venga de mí», porque justo antes de morir habíamos reñido fuerte. «¿Cómo te atreves, digo, a entrar donde mí con el codo roto? ¡Fuera, canalla!» Se dio la vuelta, salió y no volvió más. No se lo dije entonces a Marfa Petróvna. Quise mandar decir una misa por él, pero me dio vergüenza.
—Vaya al médico.
—Eso ya lo entiendo sin usted, que no estoy sano, aunque, la verdad, no sé de qué; según yo, seguramente estoy cinco veces más sano que usted. No le pregunté eso: si cree usted o no que se aparecen los fantasmas. Le pregunté: ¿cree usted que existen los fantasmas?
—¡No, no lo creeré por nada del mundo! —exclamó Raskólnikov con cierta rabia incluso.
—¿Qué suelen decir normalmente? —murmuró Svidrigáilov como para sí, mirando a un lado e inclinando un poco la cabeza—. Dicen: «Estás enfermo, por lo tanto lo que se te aparece es solo delirio inexistente». Pero en eso no hay lógica estricta. Estoy de acuerdo en que los fantasmas se aparecen solo a los enfermos; pero eso solo demuestra que los fantasmas pueden aparecerse únicamente a los enfermos, y no que no existan en sí mismos.
—Por supuesto que no —insistía Raskólnikov irritado.
—¿No? ¿Usted piensa así? —continuó Svidrigáilov mirándolo lentamente—. Pues, ¿y si razonamos así (vamos, ayúdeme): «Los fantasmas son, por así decirlo, jirones y fragmentos de otros mundos, su comienzo. Al hombre sano, naturalmente, no tiene para qué verlos, porque el hombre sano es el hombre más terrenal, y por lo tanto debe vivir solo la vida de aquí, para la plenitud y el orden. Pues en cuanto enferma, en cuanto se altera el orden terrenal normal en el organismo, enseguida empieza a manifestarse la posibilidad de otro mundo, y cuanto más enfermo, tanto mayor el contacto con el otro mundo, de modo que cuando el hombre muere del todo, pasa directamente al otro mundo». Hace tiempo que razono sobre esto. Si cree en la vida futura, puede creer también en este razonamiento.
—Yo no creo en la vida futura —dijo Raskólnikov.
Svidrigáilov se quedó pensativo.
—¿Y si allí solo hay arañas o algo por el estilo? —dijo de pronto.
«Es un loco», pensó Raskólnikov.
—A nosotros se nos representa siempre la eternidad como una idea imposible de comprender, algo enorme, ¡enorme! Pero ¿por qué necesariamente enorme? E imagínese de pronto que en lugar de todo eso habrá allí solo un cuartito, algo así como un baño de campo, ahumado, y en todos los rincones arañas, y esa sería toda la eternidad. A mí, ¿sabe?, a veces se me aparece así.
—¿Y de verdad, de verdad no se le representa nada más consolador y más justo que eso? —exclamó Raskólnikov con un sentimiento doloroso.
—¿Más justo? ¿Y quién sabe, quizá esto sea lo justo, y sepa que yo lo haría así adrede! —respondió Svidrigáilov sonriendo vagamente.
Un frío extraño se apoderó de pronto de Raskólnikov ante esta respuesta monstruosa. Svidrigáilov levantó la cabeza, lo miró fijamente y de pronto soltó una carcajada.
—No, piense esto —gritó—: hace media hora todavía ni nos habíamos visto, nos consideramos enemigos, hay entre nosotros un asunto sin resolver; hemos abandonado el asunto y ¡vea a qué literatura hemos ido a parar! Bueno, ¿no tenía razón al decir que somos tal para cual?
—Hágame el favor —continuó Raskólnikov irritado—, permítame pedirle que se explique pronto y me comunique por qué me ha honrado con su visita... y... y... tengo prisa, no tengo tiempo, quiero salir...
—Por supuesto, por supuesto. Su hermana, Avdotia Románovna, se casa con el señor Luzhin, Piotr Petróvich, ¿verdad?
—¿No se podría de algún modo evitar toda pregunta sobre mi hermana y no mencionar su nombre? Ni siquiera entiendo cómo se atreve a pronunciar su nombre delante de mí, si realmente es usted Svidrigáilov.
—Pues si vine a hablar de ella, ¿cómo no mencionarla?
—Bien; hable, ¡pero rápido!
—Estoy seguro de que sobre ese señor Luzhin, pariente mío por mi esposa, ya se ha formado usted una opinión, si lo ha visto aunque sea media hora o ha oído algo cierto y preciso sobre él. Avdotia Románovna no es para él. Según yo, Avdotia Románovna en este asunto se sacrifica muy magnánimamente e imprudentemente por... por su familia. Me pareció, dada toda la información que he oído sobre usted, que por su parte se alegraría mucho si este matrimonio pudiera romperse sin perjuicio de los intereses. Ahora, habiéndolo conocido personalmente, estoy incluso convencido de ello.
—Todo esto es muy ingenuo por su parte; discúlpeme, quería decir: descarado —dijo Raskólnikov.
—Es decir, con esto expresa que trabajo para mi propio bolsillo. No se preocupe, Rodión Románovich, si trabajara para mi propio beneficio, no me expresaría tan directamente, no soy del todo tonto. Sobre esto le revelaré una rareza psicológica. Hace un rato, justificando mi amor por Avdotia Románovna, dije que fui yo mismo la víctima. Pues sepa que ahora no siento ningún amor, n-ninguno, tanto que hasta a mí mismo me resulta extraño, porque realmente sentía algo...
—Por ociosidad y depravación —interrumpió Raskólnikov.
—Realmente soy un hombre depravado y ocioso. Pero por otra parte, su hermana tiene tantos méritos que no pude dejar de recibir alguna impresión. Pero todo esto es absurdo, como ahora veo yo mismo.
—¿Desde cuándo lo vio?
—Empecé a notarlo antes, pero me convencí definitivamente anteayer, casi en el momento mismo de llegar a Petersburgo. Sin embargo, aún en Moscú imaginaba que venía a conseguir la mano de Avdotia Románovna y a rivalizar con el señor Luzhin.
—Perdone que lo interrumpa, haga el favor: ¿no podría abreviar y pasar directamente al objetivo de su visita? Tengo prisa, necesito salir...
—Con el mayor placer. Habiendo llegado aquí y decidido ahora emprender cierto... viaje, deseé hacer los arreglos preliminares necesarios. Mis hijos se quedaron con la tía; son ricos y no me necesitan personalmente. ¡Y qué padre soy yo! Para mí solo tomé lo que me regaló hace un año Marfa Petróvna. Me basta. Perdone, paso ahora mismo al asunto. Antes del viaje, que quizá se realice, quiero acabar también con el señor Luzhin. No es que no lo pueda soportar, pero a través de él surgió esta riña mía con Marfa Petróvna, cuando me enteré de que ella había tramado esta boda. Ahora deseo ver a Avdotia Románovna, por su mediación, y quizá en su presencia, explicarle, en primer lugar, que del señor Luzhin no solo no obtendrá el menor beneficio, sino que seguramente habrá un perjuicio evidente. Luego, pidiéndole perdón por todos estos disgustos recientes, le pediría permiso para ofrecerle diez mil rublos y así facilitar la ruptura con el señor Luzhin, ruptura de la que, estoy seguro, ella misma no estaría disgustada, si solo se presentara la posibilidad.
—Pero usted está realmente, realmente loco —exclamó Raskólnikov, no tanto enfadado como asombrado—. ¡Cómo se atreve a hablar así!
—Ya sabía yo que gritaría; pero, en primer lugar, aunque no soy rico, estos diez mil rublos los tengo libres, es decir, completamente, completamente no los necesito. Si Avdotia Románovna no los acepta, quizá los emplee de manera aún más estúpida. Esto es uno. Segundo: mi conciencia está completamente tranquila; ofrezco sin ningún cálculo. Créalo o no, pero más adelante tanto usted como Avdotia Románovna lo sabrán. Todo consiste en que realmente causé algunas molestias y disgustos a su respetabilísima hermana; por lo tanto, sintiendo un sincero arrepentimiento, deseo cordialmente —no comprar mi redención, no pagar por los disgustos, sino simplemente hacer algo beneficioso para ella, sobre la base de que no he tomado realmente el privilegio de hacer solo el mal. Si en mi ofrecimiento hubiera aunque fuera una millonésima parte de cálculo, no lo ofrecería tan directamente; y no ofrecería solo diez mil, cuando hace apenas cinco semanas le ofrecía más. Además, quizá muy, muy pronto me case con una muchacha, y por consiguiente, todas las sospechas de algún intento contra Avdotia Románovna deben aniquilarse con eso mismo. En conclusión diré que, al casarse con el señor Luzhin, Avdotia Románovna toma ese mismo dinero, solo que de otra parte... Pero no se enfade, Rodión Románovich, razone tranquila y fríamente.
Al decir esto, el propio Svidrigáilov estaba sumamente frío y tranquilo.
—Le ruego que termine —dijo Raskólnikov—. En cualquier caso, esto es imperdonablemente descarado.
—En absoluto. Después de esto el hombre al hombre en este mundo puede hacer solo el mal y, por el contrario, no tiene derecho a hacer ni una pizca de bien, a causa de formalidades vacías aceptadas. Eso es absurdo. Si yo, por ejemplo, muriera y dejara esta suma a su hermana en testamento, ¿de verdad se negaría a aceptarla incluso entonces?
—Muy posiblemente.
—Pues no, señor. Sin embargo, si es no, que sea no, que así sea. Pero diez mil es una cosa excelente, llegado el caso. En cualquier caso, le ruego que transmita lo dicho a Avdotia Románovna.
—No, no se lo transmitiré.
—En tal caso, Rodión Románovich, me veré obligado yo mismo a buscar una entrevista personal, y por lo tanto a molestarla.
—¿Y si se lo transmito, no buscará la entrevista personal?
—No sé realmente qué decirle. Desearía mucho verla una vez.
—No lo espere.
—Lástima. Sin embargo, no me conoce. Quizá nos hagamos más amigos.
—¿Cree que nos haremos más amigos?
—¿Y por qué no? —dijo Svidrigáilov sonriendo, se levantó y tomó el sombrero—. Es que no es que desee tanto molestarlo, y al venir aquí ni siquiera contaba mucho con ello, aunque, por cierto, su fisonomía me impresionó desde temprano esta mañana...
—¿Dónde me vio esta mañana temprano? —preguntó Raskólnikov inquieto.
—Casualmente, señor... Me parece siempre que hay en usted algo que se acerca a lo mío... Pero no se preocupe, no soy impertinente; me llevaba bien con los tahúres, y no molesté al príncipe Svirbéi, mi pariente lejano y magnate, y supe escribir sobre la Madonna de Rafael en el álbum de la señora Prilúkova, y viví siete años sin salir con Marfa Petróvna, y en la casa de Viazémski en Sénnaya pasaba la noche antiguamente, y quizá vuele con Berg en el globo.
—Bien, está bien. Permítame preguntarle, ¿partirá pronto de viaje?
—¿Qué viaje?
—Pues sí, ese «viaje»... Usted mismo lo dijo.
—¿El viaje? ¡Ah, sí!... En efecto, le hablé del viaje... Bueno, esa es una cuestión amplia... Pero si supiera, sin embargo, sobre qué pregunta —añadió y de pronto se echó a reír fuerte y brevemente—. Quizá en lugar del viaje me case; me están buscando novia.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Cuándo tuvo tiempo?
—Pero deseo mucho ver una vez a Avdotia Románovna. Lo pido en serio. Bueno, adiós... ¡Ah, sí! Se me olvidaba. Transmita, Rodión Románovich, a su hermana que en el testamento de Marfa Petróvna está mencionada por tres mil. Esto es absolutamente cierto. Marfa Petróvna dispuso una semana antes de morir, y se hizo en mi presencia. Dentro de dos o tres semanas Avdotia Románovna podrá recibir el dinero.
—¿Dice la verdad?
—La verdad. Transmítalo. Bueno, soy su servidor. Es que no vivo muy lejos de usted.
Al salir, Svidrigáilov se topó en la puerta con Razumíjin.