第7章 共9章

来自:Eugenio Oneguin

Capítulo séptimo

Moscú, hija amada de Rusia, ¿Dónde hallar tu igual? Dmitriev

¿Cómo no amar nuestra Moscú natal? Baratynski

¡Persecución a Moscú! ¡Eso es ver mundo! ¿Dónde está mejor? Donde no estamos. Griboyédov

I

Perseguidas por los rayos primaverales, De los montes circundantes las nieves Han corrido en turbios arroyos Sobre las praderas inundadas. Con clara sonrisa la naturaleza A través del sueño recibe la mañana del año; Azulean y resplandecen los cielos. Aún los transparentes bosques Como si de pelusa verdecieran. La abeja por el tributo campestre Vuela desde su celda de cera. Los valles se secan y se tornan multicolores; Mugen los rebaños, y el ruiseñor Ya cantaba en el silencio de las noches.

II

Cuán triste es para mí tu aparición, ¡Primavera, primavera! ¡estación del amor! ¡Qué lánguida agitación En mi alma, en mi sangre! ¡Con qué pesado enternecimiento Gozo del soplo De la primavera que me acaricia el rostro En el seno de la quietud campestre! ¿O me es ajeno el goce, Y todo lo que alegra, lo que vivifica, Todo lo que se regocija y brilla, Provoca tedio y languidez En mi alma muerta hace tiempo, Y todo le parece oscuro?

III

¿O, sin alegrarnos del retorno De las hojas perdidas en otoño, Recordamos la amarga pérdida, Escuchando el nuevo rumor de los bosques; O con la naturaleza reanimada Relacionamos con turbado pensamiento El marchitarse de nuestros años, Para los cuales no hay renacimiento? Quizás en el pensamiento nos viene En medio del sueño poético Otra primavera, antigua, Y en temblor nuestro corazón nos pone El ensueño de una tierra lejana, De una noche maravillosa, de la luna…

IV

He aquí el tiempo: buenos perezosos, Epicúreos-sabios, Vosotros, indiferentes afortunados, Vosotros, polluelos de la escuela de Levshin, Vosotros, Príamos campestres, Y vosotras, damas sentimentales, La primavera al campo os llama, Tiempo de calor, de flores, de trabajos, Tiempo de paseos inspirados Y de noches seductoras. ¡Al campo, amigos! pronto, pronto, En carruajes pesadamente cargados, En postas largas o postales Avanzad desde las barreras urbanas.

V

Y tú, lector benévolo, En tu calesa importada Abandona la ciudad incansable, Donde te divertiste en invierno; Con mi musa caprichosa Vayamos a escuchar el rumor del robledal Sobre el río sin nombre En el campo, donde mi Eugenio, Ermitaño ocioso y melancólico, Hace poco aún vivió en invierno En la vecindad de la joven Tania, Mi dulce soñadora, Pero donde ya no está él ahora… Donde triste dejó su huella.

VI

Entre montes que yacen en semicírculo, Vayamos allá donde el arroyuelo, Serpenteando, corre por verde pradera Hacia el río a través del bosque de tilos. Allí el ruiseñor, amante de la primavera, Toda la noche canta; florece el rosal silvestre, Y se oye el murmullo del manantial, — Allí se ve la piedra sepulcral A la sombra de dos pinos envejecidos. Al forastero la inscripción le dice: «Aquí yace Vladímir Lenski, Muerto temprano con muerte de valientes, En tal año, de tales años. ¡Descansa, joven poeta!»

VII

En la rama del pino inclinado, Solía el viento temprano Sobre esta urna humilde Mecer la misteriosa guirnalda. Solían, en tardíos ocios, Ir allí dos amigas, Y sobre la tumba bajo la luna, Abrazadas, lloraban ellas. Mas ahora… el monumento sombrío Está olvidado. El sendero habitual hacia él Se ha cubierto de hierba. No hay guirnalda en la rama; Solo bajo él, canoso y enfermizo, El pastor como antes canta Y trenza su pobre calzado.

VIII. IX. X

¡Mi pobre Lenski! languideciendo, No lloró ella mucho tiempo. ¡Ay! la joven novia Es infiel a su pena. Otro atrajo su atención, Otro logró su sufrimiento Con lisonja amorosa adormecer, El ulano supo cautivarla, El ulano es amado por su alma… Y he aquí que ya con él ante el altar Ella tímida bajo la corona Está con cabeza inclinada, Con fuego en los ojos bajos, Con sonrisa ligera en los labios.

XI

¡Mi pobre Lenski! ¿más allá de la tumba En los confines de la eternidad sorda Se turbó, cantor melancólico, Por la noticia fatal de la traición, O sobre el Leteo adormecido El poeta, bendito por la insensibilidad, Ya no se turba por nada, Y el mundo para él está cerrado y mudo?.. ¡Así! el olvido indiferente Tras la tumba nos aguarda. De enemigos, amigos, amantes la voz De pronto enmudece. Sobre una sola herencia De herederos el coro enfadado Entabla indecorosa disputa.

XII

Y pronto la sonora voz de Olia En la familia Larina enmudeció. El ulano, de su suerte esclavo, Debía partir con ella al regimiento. Con lágrimas amargamente bañándose, La anciana, despidiéndose de su hija, Parecía apenas viva, Mas Tania no pudo llorar; Solo con mortal palidez se cubrió Su rostro triste. Cuando todos salieron al porche, Y todo, despidiéndose, se agitaba En torno al carruaje de los jóvenes, Tatiana los acompañó.

XIII

Y largo tiempo, como a través de la niebla, Ella les miró alejarse… Y he aquí sola, sola Tatiana! ¡Ay! la amiga de tantos años, Su joven paloma, Su confidente nativa, Por el destino llevada lejos, Con ella para siempre separada. Como sombra ella sin rumbo vaga, Ora mira el jardín vacío… En ningún lugar, en nada halla consuelo, Y no encuentra alivio Para las lágrimas reprimidas, Y el corazón se le parte en dos.

XIV

Y en la soledad cruel Más fuerte su pasión arde, Y del Oneguin lejano Le habla el corazón más fuerte. Ella no lo volverá a ver; Debe en él odiar Al asesino del hermano suyo; El poeta murió… mas ya a él Nadie recuerda, ya a otro Su novia se entregó. Del poeta la memoria pasó, Como humo por el cielo azul, De él dos corazones, quizás, Aún se entristecen… ¿Para qué entristecerse?..

XV

Era la tarde. El cielo oscurecía. Las aguas Fluían quietas. El escarabajo zumbaba. Ya se dispersaban las rondas; Ya más allá del río, humeando, ardía El fuego del pescador. En el campo limpio, A la luz plateada de la luna En sus sueños sumergida, Tatiana largo tiempo anduvo sola. Anduvo, anduvo. Y de pronto ante sí Desde la colina ve la casa señorial, La aldea, el bosque bajo la colina Y el jardín sobre el río luminoso. Ella mira — y el corazón en ella Latió más rápido y más fuerte.

XVI

Sus dudas la turban: «¿Iré adelante, iré atrás?.. Él no está aquí. No me conocen… Miraré la casa, este jardín». Y he aquí que de la colina Tatiana desciende, Apenas respirando; en derredor vuelve La mirada llena de perplejidad… Y entra al patio desierto. Hacia ella, ladrando, se lanzaron los perros. Al grito asustado de ella La familia de niños del servicio Acudió ruidosamente. No sin pelea Los muchachos ahuyentaron a los perros, Tomando a la señorita bajo su protección.

XVII

«¿Se puede ver la casa señorial?» — Preguntó Tania. De inmediato Donde Anisia los niños corrieron A tomar de ella las llaves del zaguán; Anisia enseguida ante ella apareció, Y la puerta ante ellos se abrió, Y Tania entra en la casa vacía, Donde vivió hace poco nuestro héroe. Ella mira: olvidado en el salón El taco en el billar descansaba, En el sofá arrugado yacía El látigo de picadero. Tania adelante; La anciana a ella: «Aquí está la chimenea; Aquí el amo se sentaba solo.

XVIII

Aquí con él cenaba en invierno El difunto Lenski, nuestro vecino. Pase por aquí, tras de mí. Este es el gabinete del amo; Aquí reposaba, tomaba café, Del administrador los informes escuchaba Y un libro por la mañana leía… Y el viejo amo aquí vivía; Conmigo, solía, los domingos, Aquí bajo la ventana, poniéndose las gafas, Jugar se dignaba al duratchki. ¡Dios dé salvación a su alma, Y a sus huesos paz En la tumba, en la húmeda madre tierra!»

XIX

Tatiana con mirada enternecida A su alrededor a todo mira, Y todo le parece precioso, Todo vivifica el alma lánguida Con semi-torturante deleite: Y la mesa con la lámpara opaca, Y el montón de libros, y bajo la ventana La cama, cubierta con tapiz, Y la vista por la ventana a través de la penumbra lunar, Y esta pálida media luz, Y del lord Byron el retrato, Y la columna con una muñeca de hierro fundido Bajo sombrero con ceño sombrío, Con manos cruzadas.

XX

Tatiana largo tiempo en la celda elegante Como encantada permanece. Mas es tarde. Se levantó el viento frío. Oscuro en el valle. El bosque duerme Sobre el río brumoso; La luna se ocultó tras el monte, Y a la joven peregrina Es hora, hace tiempo es hora de ir a casa. Y Tania, ocultando su agitación, No sin suspirar, Emprende el camino de regreso. Mas antes pide permiso Para el castillo desierto visitar, Para aquí sola los libros leer.

XXI

Tatiana con el ama de llaves se despidió Tras las puertas. Al día siguiente Ya por la mañana temprano nuevamente apareció Ella en el abandonado techo, Y en el silencioso gabinete, Olvidando por un tiempo todo en el mundo, Quedó por fin sola, Y largo tiempo lloró ella. Luego por los libros se tomó. Al principio no era cosa de ellos para ella, Mas le pareció la selección de ellos Extraña. A la lectura se entregó Tatiana con alma ávida; Y se le abrió un mundo distinto.

XXII

Aunque sabemos que Eugenio Desde antaño la lectura desdeñó, Sin embargo algunas creaciones Él de la desgracia exceptuó: Del cantor del Giaour y de Juan Y con ellos aún dos o tres novelas, En las cuales se reflejó el siglo Y el hombre contemporáneo Está representado bastante fielmente Con su alma inmoral, Egoísta y seca, Al ensueño entregada sin medida, Con su mente amargada, Hirviendo en acción vacía.

XXIII

Guardaban muchas páginas Marcas agudas de uñas; Los ojos de la atenta doncella Se fijan en ellas con más viveza. Tatiana ve con temblor Con qué pensamiento, observación Fue Oneguin impresionado, En qué silenciosamente estaba de acuerdo. En sus márgenes ella encuentra Los rasgos de su lápiz. Por doquier el alma de Oneguin Se expresa involuntariamente Ora con palabra breve, ora con cruz, Ora con gancho interrogativo.

XXIV

Y comienza poco a poco Mi Tatiana a comprender Ahora más claramente — gracias a Dios — A aquel por quien ella suspirar Está condenada por el destino poderoso: Excéntrico triste y peligroso, Creación del infierno o de los cielos, Este ángel, este altivo demonio, ¿Qué es él? ¿Acaso imitación, Fantasma insignificante, o aún Moscovita en capa de Harold, De ajenas excentricidades interpretación, De palabras de moda completo léxico?.. ¿Acaso no es él una parodia?

XXV

¿Acaso resolvió el enigma? ¿Acaso halló la palabra? Las horas corren: ella olvidó Que en casa la esperan hace tiempo, Donde se reunieron dos vecinos Y donde de ella va la charla. «¿Qué hacer? Tatiana no es niña, — La anciana dijo refunfuñando. — Pues Olienka es más joven que ella. Colocar a la muchacha, por cierto, Es hora; mas ¿qué hacer con ella? A todos rotundamente lo mismo: No iré. Y siempre se entristece Y vaga por los bosques sola».

XXVI

«¿No está enamorada?» — «¿De quién pues? Buyánov pidió su mano: rechazo. A Iván Petushkov — también. El húsar Pyjtín fue nuestro huésped; ¡Oh cómo por Tania se prendó, Cómo se deshacía como diablillo! Yo pensé: irá quizás; ¡Qué va! y de nuevo el asunto aparte». — «¿Pues qué, madrecita? ¿qué esperar entonces? ¡A Moscú, a la feria de novias! Allí, se dice, hay muchos lugares vacíos» — «Ay, padre mío! la renta es poca». — «Suficiente para un invierno, Si no ya yo misma prestaré».

XXVII

La anciana mucho le gustó El consejo sensato y bueno; Hizo cuentas — y ahí mismo decidió A Moscú partir en invierno. Y Tania oye esta noticia. Al juicio del severo mundo Presentar los claros rasgos De la simplicidad provincial, Y los atavíos retrasados, Y el retrasado modo de hablar; De los elegantes moscovitas y Circes ¡Atraer las miradas burlescas!.. ¡Oh terror! no, mejor y más seguro En la espesura de los bosques quedarse.

XXVIII

Levantándose con los primeros rayos, Ahora ella a los campos se apresura Y con ojos enternecidos Mirándolos, dice: «Adiós, apacibles valles, Y vosotras, cimas de montes conocidos, Y vosotros, bosques familiares; Adiós, belleza celestial, Adiós, alegre naturaleza; Cambio el dulce, tranquilo mundo Por el ruido de vanidades brillantes… ¡Adiós pues también, libertad mía! ¿Adónde, por qué me apresuro? ¿Qué me promete mi destino?»

XXIX

Sus paseos se prolongan más. Ahora ya sea colina, ya sea arroyo Detienen contra su voluntad A Tatiana con su encanto. Ella, como con viejos amigos, Con sus bosques, prados Aún conversar se apresura. Mas el verano rápido vuela. Llegó el otoño dorado. La naturaleza trémula, pálida, Como víctima, ricamente adornada… He aquí el norte, las nubes arreando, Sopló, aulló — y he aquí que ella misma Viene la maga invierno.

XXX

Vino, se derramó; en copos Colgó de las ramas de los robles; Se tendió en ondulantes alfombras Entre los campos, en torno a las colinas; Las orillas con el río inmóvil Igualó con hinchado pañal; Brilló la escarcha. Y alegres estamos Por las travesuras de la madre invierno. No se alegra solo el corazón de Tania. No va ella al encuentro del invierno, A respirar el polvo helado Y con la primera nieve del techo del baño Lavar rostro, hombros y pecho: A Tatiana asusta el camino invernal.

XXXI

Del viaje el día hace tiempo venció, Pasa también el último plazo. Revisado, nuevamente tapizado, reforzado Al olvido arrojado el coche. La caravana habitual, tres kibitkas Llevan los enseres domésticos, Cazuelas, sillas, baúles, Mermelada en frascos, colchones, Edredones, jaulas con gallos, Ollas, palanganas et cetera, Bueno, mucho de toda buena cosa. Y he aquí que en la izba entre los siervos Se levantó el ruido, el llanto de despedida: Conducen al patio dieciocho jamelgos,

XXXII

En el coche señorial los engancha, Preparan el desayuno los cocineros, Como montañas las kibitkas cargan, Riñen las mujeres, los cocheros. En jamelgo flaco y lanudo Está sentado el delantero barbudo, Acudió la servidumbre a las puertas A despedirse de los amos. Y he aquí Se acomodaron, y el coche venerable, Deslizándose, se arrastra fuera de las puertas. «¡Adiós, lugares apacibles! ¡Adiós, refugio solitario! ¿Os veré?..» Y un raudal de lágrimas En Tania fluye de los ojos.

XXXIII

Cuando a la benéfica ilustración Retrocedamos más las fronteras, Con el tiempo (según el cálculo De las tablas filosóficas, Dentro de unos quinientos años) los caminos, ciertamente, Entre nosotros cambiarán inmensamente: Las carreteras a Rusia aquí y allá, Uniendo, cruzarán. Puentes de hierro fundido sobre las aguas Saltarán en amplio arco, Apartaremos montañas, bajo el agua Cavaremos atrevidas bóvedas, Y establecerá el mundo cristianizado En cada estación una posada.

XXXIV

Ahora entre nosotros los caminos son malos, Los puentes olvidados se pudren, En las estaciones chinches y pulgas Ni un minuto dormir dejan; No hay posadas. En la izba fría Altisonante, mas hambriento Para apariencia el menú cuelga Y el apetito en vano provoca, Mientras tanto los cíclopes rurales Ante el lento fuego Con martillo ruso reparan La obra ligera de Europa, Bendiciendo los surcos Y los baches de la tierra paternal.

XXXV

En cambio de los inviernos en tiempo frío El viaje es agradable y ligero. Como verso sin pensamiento en canción de moda El camino invernal es liso. Nuestros automedones son vivaces, Incansables nuestras troikas, Y las verstas, halagando la vista ociosa, Ante los ojos centellean como cerca. Por desgracia, Larina se arrastraba, Temiendo los gastos de posta caros, No en postales, en los suyos, Y nuestra doncella disfrutó Del aburrimiento del camino plenamente: Siete días viajaron ellas.

XXXVI

Mas he aquí que ya cerca. Ante ellas Ya de la blanca-piedra Moscú, Como fuego, con cruces doradas Arden las antiguas cúpulas. ¡Ah, hermanos! cuán contento estuve, Cuando de iglesias y campanarios, De jardines, palacios el semicírculo Se abrió ante mí de pronto! ¡Cuán a menudo en triste separación, En mi errante destino, Moscú, pensé en ti! Moscú… cuánto en este sonido Para el corazón ruso se fundió! ¡Cuánto en él resonó!

XXXVII

He aquí, rodeado de su robledal, El castillo de Pedro. Sombrío él De reciente gloria se enorgullece. En vano esperó Napoleón, De última dicha embriagado, A Moscú arrodillada Con las llaves del viejo Kremlin; No, no fue mi Moscú A él con cabeza culpable. No fiesta, no don de recepción, Ella preparaba un incendio Al impaciente héroe. Desde aquí, en meditación sumido, Miró la amenazante llama él.

XXXVIII

Adiós, testigo de la gloria caída, Castillo de Pedro. ¡Ea! no pares, ¡Adelante! Ya las columnas de la barrera Blanquean; he aquí ya por la Tverskaya El coche se lanza entre baches. Centellean al paso las garitas, mujeres, Muchachos, tiendas, faroles, Palacios, jardines, monasterios, Bujareses, trineos, huertas, Comerciantes, chozas, campesinos, Bulevares, torres, cosacos, Farmacias, tiendas de moda, Balcones, leones en las puertas Y bandadas de grajos en las cruces.

XXXIX. XL

En este paseo agotador Pasa una hora u otra, y he aquí En Jaritonie en el callejón El coche ante la casa en las puertas Se detuvo. Donde la vieja tía, Cuarto año enferma de tisis, Ellas llegaron ahora. Les de par en par abre la puerta, Con gafas, en caftan desgarrado, Con calcetín en mano, calmuco canoso. Las recibe en la sala un grito De la princesa, tendida en el diván. Las ancianas con llanto se abrazaron, Y exclamaciones se derramaron.

XLI

«¡Princesa, mon ange!» — «¡Pachette!» — «¡Alina!» — «¿Quién podía pensar? ¡Cuánto tiempo! ¿Por cuánto? ¡Querida! ¡Prima! ¡Siéntate — cómo es esto tan extraño! Por Dios, escena de novela…» — «Y esta es mi hija, Tatiana». — «¡Ah, Tania! acércate a mí — Como si delirara en sueño… Prima, ¿recuerdas a Grandison?» «¿Cómo, Grandison?.. ¡ah, Grandison! Sí, recuerdo, recuerdo. ¿Dónde está él?» — «En Moscú, vive donde Simeón; Me visitó en Nochebuena; Hace poco a su hijo casó.

XLII

Y aquel… mas después todo contaremos, ¿Verdad? A toda su parentela A Tania mañana mismo mostraremos. Lástima, no tengo fuerzas para visitar: Apenas, apenas arrastro las piernas. Mas vosotras agotadas estáis del camino; Vayamos juntas a descansar… ¡Ay, no hay fuerzas… cansado el pecho… Me es pesada ahora hasta la alegría, No solo la tristeza… alma mía, Ya para nada sirvo… ¡Bajo la vejez la vida es tal porquería…!» Y aquí, completamente agotada, En lágrimas tosió ella.

XLIII

De la enferma las caricias y la alegría A Tatiana conmueven; mas a ella No le va bien en el nuevo hogar, Acostumbrada a su habitación. Bajo la cortina de seda No duerme en la cama nueva, Y el temprano tañer de campanas, Precursor de las labores matutinas, La levanta de la cama. Se sienta Tania junto a la ventana. Se disipa la penumbra; mas ella Sus campos no distingue: Ante ella un patio desconocido, Cuadra, cocina y cerca.

XLIV

Y he aquí por las comidas de parientes Llevan a Tania cada día A presentar a abuelas y abuelos Su pereza distraída. A los parientes llegados de lejos, Por doquier acogida cariñosa, Y exclamaciones, y pan y sal. «¡Cómo ha crecido Tania! ¿No hace mucho Yo, parece, te bauticé? ¡Y yo así en brazos te tomé! ¡Y yo así de las orejas te jalé! ¡Y yo así con bizcocho te alimenté!» Y en coro las abuelas repiten: «¡Cómo vuelan nuestros años!»

XLV

Mas en ellos no se ve cambio; Todo en ellos según el viejo modelo: De la tía princesa Elena El mismo gorro de tul; Siempre se empolva Lukerya Lvovna, Siempre lo mismo miente Liubov Petrovna, Iván Petrovich igual de tonto, Semión Petrovich igual de tacaño, En Pelagia Nikolavna El mismo amigo monsieur Finmush, Y el mismo perrito, y el mismo marido; Y él, siempre del club miembro activo, Siempre igual de manso, igual de sordo Y siempre come y bebe por dos.

XLVI

Sus hijas a Tania abrazan. Las jóvenes gracias de Moscú Al principio en silencio examinan A Tatiana de pies a cabeza; La encuentran algo extraña, Provincial y afectada, Y algo pálida y delgada, Mas por lo demás muy no mal; Luego, obedeciendo a la naturaleza, Se hacen amigas de ella, a sí la llevan, Besan, tiernamente manos aprietan, Abultan sus rizos a la moda Y confían cantarinamente Cordiales secretos, secretos de doncellas.

XLVII

Ajenas y propias victorias, Esperanzas, travesuras, sueños. Fluyen inocentes charlas Con adorno de ligera calumnia. Luego, en pago del parloteo, De su confesión cordial Enternecidas exigen ellas. Mas Tania, exactamente como en sueño, Sus discursos oye sin participación, No entiende nada, Y el secreto de su corazón, Tesoro sagrado de lágrimas y dicha, Guarda silenciosamente entre tanto Y con ellas no lo comparte con nadie.

XLVIII

Tatiana escuchar desea Las charlas, la conversación general; Mas a todos en la sala ocupa Tal incoherente, vulgar disparate; Todo en ellos tan pálido, indiferente; Calumnian incluso con aburrimiento; En la infructuosa sequedad de discursos, De preguntas, chismes y noticias No centellará pensamiento en días enteros, Aunque sea por casualidad, aunque sea al azar; No sonreirá la mente lánguida, No temblará el corazón, aunque sea por broma. E incluso tontería divertida En ti no encontrarás, mundo vacío.

XLIX

Los jóvenes de archivo en tropel A Tania estirados miran Y sobre ella entre sí Desfavorablemente hablan. Uno, algún bufón triste, La encuentra ideal Y, apoyándose en las puertas, Una elegía le prepara. En la aburrida tía a Tania encontrando, Hacia ella de algún modo Viazamski se acercó Y el alma logró ocuparle. Y, cerca de él habiéndola notado, De ella, ajustándose la peluca, Se informa un anciano.

L

Mas allá, donde de Melpómene tormentosa Se extiende el prolongado alarido, Donde agita el manto de oropel Ella ante la multitud fría, Donde Talía quedamente dormita Y a los aplausos amistosos no atiende, Donde solo a Terpsícore Admira el espectador joven (Lo que también fue en tiempos antiguos, En vuestro tiempo y en el mío), No se volvieron hacia ella Ni de damas los celosospárpados, ni las ópticas de elegantes conocedores Desde palcos y filas de butacas.

LI

La llevan también a la Asamblea. Allí apreturas, agitación, calor, De música estruendo, de velas resplandor, Centelleo, torbellino de rápidas parejas, De bellezas ligeros atavíos, De gente abigarrados coros, De novias amplio semicírculo, Todo los sentidos hiere de pronto. Aquí muestran los elegantes célebres Su descaro, su chaleco Y su lorgnette desatento. Aquí húsares con licencia Se apresuran a aparecer, a retumbar, A brillar, a cautivar y a volar.

LII

La noche tiene muchas estrellas encantadoras, Muchas bellezas hay en Moscú. Mas más brillante que todas las amigas celestiales La luna en la azul aérea. Mas aquella a quien no oso Turbar con mi lira, Como majestuosa luna, Entre esposas y doncellas brilla sola. ¡Con qué orgullo celestial La tierra toca ella! ¡Cuán de deleite lleno está su pecho! ¡Cuán lánguida su mirada maravillosa!.. Mas basta, basta; detente: Pagaste tributo a la locura.

LIII

Ruido, risas, carrera, reverencias, Galop, mazurca, vals… Mientras tanto Entre dos tías, junto a la columna, No notada por nadie, Tatiana mira y no ve, La agitación del mundo odia; Le ahoga aquí… Ella en ensueño Se lanza hacia la vida campestre, Al campo, a los pobres aldeanos, Al rincón solitario, Donde fluye el claro arroyuelo, A sus flores, a sus novelas Y en la penumbra de las avenidas de tilos, Allá donde él se le aparecía.

LIV

Así su pensamiento lejos vaga: Olvidado el mundo y el bullicioso baile, Y el ojo mientras tanto de ella no aparta Algún importante general. Una a otra las tías guiñaron, Y con el codo a Tania de golpe empujaron, Y cada una le susurró: «Mira a la izquierda pronto». — «¿A la izquierda? ¿dónde? ¿qué hay allí?» — «Bueno, sea lo que sea, mira… En ese grupo, ¿ves? delante, Allí donde aún en uniformes dos… He aquí se apartó… he aquí de lado se puso… — «¿Quién? ¿ese general gordo?»

LV

Mas aquí con la victoria felicitemos A mi dulce Tatiana Y a un lado nuestro camino dirijamos, Para no olvidar de quién canto… Y a propósito, aquí sobre eso dos palabras: Canto al joven amigo Y multitud de sus caprichos. Bendice mi largo trabajo, ¡Oh tú, musa épica! Y entregándome fiel bastón, No me dejes vagar de través y a través. Basta. ¡De los hombros abajo la carga! Al clasicismo rendí honor: Aunque tarde, hay introducción.

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